lunes, 9 de diciembre de 2013
martes, 3 de diciembre de 2013
CHICO
Mi perro era un precioso Cocker dorado con un mechón rubio en
la cabeza y el pecho blanco y el más cariñoso perro del mundo. Se llamaba
Chico. Nos pareció un nombre tierno que reflejó su espíritu jovial durante toda
su vida, ya que nunca dejó de ser cachorro. El día que lo recogí, en cuanto se
vio libre por la tienda, no dejó de buscar a los otros perros que gemían
encerrados para poder lamerles entre las rejas y darles un poquito de consuelo.
Fueron 15 años de amor incondicional, de arrumacos, besos y
caricias mutuas. El perro pasó de tener su sitio en la cocina a andar a sus
anchas por la casa, abrir las puertas con el hocico, echarse unas buenas
siestecitas en su lado del sofá y dormir espatarrado en mi cama dejándome
arrinconada contra la pared. Por no hablar de su mirada inocente cuando llegaba
nuestra hora de la comida apoyado sobre mi pierna baboseando como un descosido,
como si no hubiera comido en dos meses…y es que más de una vez dejamos los
chorizos y bizcochos cerca del filo de la mesa y desaparecieron a la par que su
barriga, de repente, abultaba más que todo su cuerpo.
Son muchos los recuerdos que tengo de él: cómo se acercaba a
lamerme continuamente, cómo se acercaba al cuarto si veía que llevaba un tiempo
sin verme, cómo se alegraba de una forma exagerada cuando volvía a casa los
fines de semana, cómo veía movimiento de maletas y se pegaba a ellas gimiendo
emocionado para hacerse notar y que nos lo lleváramos a la playa, sus enormes
agujeros en la arena, sus ansias a la hora de comer, ese afán por las piedras a
pesar de romperse los dientes (al final tuve que fabricar una “piedra acolchada”
para saciar su ansia y que mantuviera los dientes en su sitio), cómo se
aferraba a mí cuando lo subía a la mesa del veterinario con las “zarpas”
clavadas en mi espalda, cómo se comía absolutamente todo lo que encontraba
(hasta dejó a los reyes magos del portalito sin cabezas y a los camellos sin
patas), cómo escapaba de los baños y el secador, cómo se sentía intimidado si
lo miraba fijamente, cómo le encantaba lamer las piernas en verano y cuando
estaban fresquitas después de la ducha, cómo corría por el campo en primavera
saltando entre las flores como un cervatillo y cuando volvía tenía polen hasta
en los ojos y alguna que otra margarita entre los rizos de las orejas, cómo se
le erizaba el pelo al pasar al lado de ese perro que no le caía demasiado bien,
cómo aullaba cual lobo si había una perra en celo, cómo jugábamos al juego de
la piedra después del paseo (intentaba colarla en casa sin que me diera cuenta
y hasta que no le dejaba fuera no la soltaba), cómo aguantaba pacientemente las
dos horas o más que tardábamos en cortarle el pelo, cómo se relamía de gustito
cuando se acurrucaba a mi lado en invierno para calentarse, cómo saltaba del
sofá corriendo cuando lo pillábamos in fraganti en el que no era el suyo en
plan de: “¿qué ¿ ¿cómo? ¿ha pasado algo? yo no he sido”, cómo se dormía en
nuestras piernas en los viajes en el coche, cómo esperaba a que cayera algo en
un despiste a la hora de preparar la comida, cómo bostezaba dando grititos
porque sabía que resultaba tan adorable que era reclamo de besos y achuchones,
cómo hacía el paseíllo en el salón buscando mimos y se quedaba más rato
esperando a los de su amo (ese era el mayor reto, una sola caricia suya le
valía por veinte de las de los demás), cómo al mover la cola con tanta alegría
se movía la cola y dos tercios de su cuerpo, cómo se enfadaba cuando le hacía
“perrerías”, como se ponía al lado del cuenco de agua a llorar si quería más,
cómo me agradecía que le comprara un hueso, (o un juguete, una cama o un collar),
cómo se deprimió cuando le raparon al cero (creo que se sentía feo, el pobre),
cómo se ofendía conmigo si pasaba mucho tiempo fuera de casa (esquivándome y
restringiéndome lametones, como haciéndome pagar el hecho de que no hubiera
venido a verle antes), su forma de derrapar en la alfombra y estamparse contra
la pared en busca de su lazo-juguete cuando se lo tiraba, sus besos de buenos
días para que lo sacara a la calle…
El día que mi perro murió apenas pude dormir. Siempre quise
que mi perro muriera dormido, en paz, como queremos que mueran nuestros seres
queridos, pero mi perro pasó de correr por el campo a dejar de moverse, a dejar
de comer, a chocarse con las paredes de la casa en cuestión de tres días.
Sufrió una Insuficiencia Hepática Aguda. El veterinario me dijo que si quería
conocer la causa le podían hacer una biopsia. Le contesté que prefería no saber
la causa teniendo en cuenta que ya era irreversible, que su sistema nervioso no
daba para más ni su hígado tampoco, lo que estaba matando a mi perro ya no
frenaba ni tenía marcha atrás. Siempre pensamos que fue un cáncer terminal,
tenía toda la sintomatología y sólo dio la cara al final.
La última noche vi claramente que mi perro ya no podía más.
Pasé la noche junto a él, manteniéndole tranquilo y dejando que durmiera
apaciblemente mientras podía. En una cabezada me di cuenta de que no estaba,
asombrosamente había ido a dormir al cuarto de mi hermana, cuando ya ni
siquiera sabía por dónde andaba en la casa. Dejé que durmieran juntos y esa
misma mañana lo llevé al veterinario.
Pocas personas saben lo dolorosa que fue esa noche. Pensar
que sería la última vez que iba a estar con mi perro. Mi amigo y mi vínculo más
afectivo de los últimos quince años. Teniendo en cuenta que estaba en una época
en la que había sufrido falta de alegría y desilusión recientemente, no sabía cómo
encarar el problema, cómo vivir sin él.
A la mañana siguiente mientras iba cogiéndolo en brazos hacia
el veterinario supe que sería nuestro último paseo juntos, intenté no pensarlo
mucho, incluso no disfrutar de acariciarlo o abrazarlo, era demasiado doloroso
pensar que todas esas sensaciones no iban a repetirse. Al llegar al veterinario
y dejarlo sobre la mesa, al ver cómo el perro ya ni se sostenía ni respondía me
puse a llorar. Espere a que mis padres, que estaban de vacaciones, llegaran a
la clínica y salí de allí. No quería ver cómo se apagaba.
Llevaba tiempo pensando en qué haría con mi perro cuando
muriera, con sus cosas…pero eso sólo lo sabes cuándo llega el momento. Había
pedido a una amiga un lugar en su campo para enterrarlo, pero en ese momento
sabía que no tenía fuerzas ni corazón para volver a entrar a buscarlo, no podía
verlo sin vida.
Donamos sus cosas a una protectora de animales. No quise
quedarme con nada, todo era doloroso. Al volver a casa todo había cambiado. Ya no
había muebles o trastos, de repente sólo había huecos: el hueco de sus
comederos, el hueco de su camita, el hueco de su lado del sofá…
Hace ya algunos meses de eso y aunque los huecos de la casa
empiezan a no verse como tal, el hueco que dejó en mí (ese vacío en el alma),
sigue ahí. La alegría, el cariño y la compañía que me daba es algo sin lo que
ahora vivo y a veces me pesa. Es algo con lo que simplemente te acostumbras a
vivir pero que echo de menos como jamás pensé que echaría de menos nada.
Mi perro fue un perro feliz, rodeado de carantoñas y amor,
cuidado hasta el último momento. Cuando pueda volver a aportar todo eso a otros
perros los tendré. Tengo claro que las próximas veces los acogeré. La
experiencia de adoptar a otros perros que no han tenido la misma suerte que
Chico quizás les ayude…quizás me ayude.
En memoria de mi mejor amigo y compañero al que echo de menos
con toda mi alma.
lunes, 2 de diciembre de 2013
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