martes, 3 de diciembre de 2013

CHICO

Mi perro era un precioso Cocker dorado con un mechón rubio en la cabeza y el pecho blanco y el más cariñoso perro del mundo. Se llamaba Chico. Nos pareció un nombre tierno que reflejó su espíritu jovial durante toda su vida, ya que nunca dejó de ser cachorro. El día que lo recogí, en cuanto se vio libre por la tienda, no dejó de buscar a los otros perros que gemían encerrados para poder lamerles entre las rejas y darles un poquito de consuelo.
Fueron 15 años de amor incondicional, de arrumacos, besos y caricias mutuas. El perro pasó de tener su sitio en la cocina a andar a sus anchas por la casa, abrir las puertas con el hocico, echarse unas buenas siestecitas en su lado del sofá y dormir espatarrado en mi cama dejándome arrinconada contra la pared. Por no hablar de su mirada inocente cuando llegaba nuestra hora de la comida apoyado sobre mi pierna baboseando como un descosido, como si no hubiera comido en dos meses…y es que más de una vez dejamos los chorizos y bizcochos cerca del filo de la mesa y desaparecieron a la par que su barriga, de repente, abultaba más que todo su cuerpo.
Son muchos los recuerdos que tengo de él: cómo se acercaba a lamerme continuamente, cómo se acercaba al cuarto si veía que llevaba un tiempo sin verme, cómo se alegraba de una forma exagerada cuando volvía a casa los fines de semana, cómo veía movimiento de maletas y se pegaba a ellas gimiendo emocionado para hacerse notar y que nos lo lleváramos a la playa, sus enormes agujeros en la arena, sus ansias a la hora de comer, ese afán por las piedras a pesar de romperse los dientes (al final tuve que fabricar una “piedra acolchada” para saciar su ansia y que mantuviera los dientes en su sitio), cómo se aferraba a mí cuando lo subía a la mesa del veterinario con las “zarpas” clavadas en mi espalda, cómo se comía absolutamente todo lo que encontraba (hasta dejó a los reyes magos del portalito sin cabezas y a los camellos sin patas), cómo escapaba de los baños y el secador, cómo se sentía intimidado si lo miraba fijamente, cómo le encantaba lamer las piernas en verano y cuando estaban fresquitas después de la ducha, cómo corría por el campo en primavera saltando entre las flores como un cervatillo y cuando volvía tenía polen hasta en los ojos y alguna que otra margarita entre los rizos de las orejas, cómo se le erizaba el pelo al pasar al lado de ese perro que no le caía demasiado bien, cómo aullaba cual lobo si había una perra en celo, cómo jugábamos al juego de la piedra después del paseo (intentaba colarla en casa sin que me diera cuenta y hasta que no le dejaba fuera no la soltaba), cómo aguantaba pacientemente las dos horas o más que tardábamos en cortarle el pelo, cómo se relamía de gustito cuando se acurrucaba a mi lado en invierno para calentarse, cómo saltaba del sofá corriendo cuando lo pillábamos in fraganti en el que no era el suyo en plan de: “¿qué ¿ ¿cómo? ¿ha pasado algo? yo no he sido”, cómo se dormía en nuestras piernas en los viajes en el coche, cómo esperaba a que cayera algo en un despiste a la hora de preparar la comida, cómo bostezaba dando grititos porque sabía que resultaba tan adorable que era reclamo de besos y achuchones, cómo hacía el paseíllo en el salón buscando mimos y se quedaba más rato esperando a los de su amo (ese era el mayor reto, una sola caricia suya le valía por veinte de las de los demás), cómo al mover la cola con tanta alegría se movía la cola y dos tercios de su cuerpo, cómo se enfadaba cuando le hacía “perrerías”, como se ponía al lado del cuenco de agua a llorar si quería más, cómo me agradecía que le comprara un hueso, (o un juguete, una cama o un collar), cómo se deprimió cuando le raparon al cero (creo que se sentía feo, el pobre), cómo se ofendía conmigo si pasaba mucho tiempo fuera de casa (esquivándome y restringiéndome lametones, como haciéndome pagar el hecho de que no hubiera venido a verle antes), su forma de derrapar en la alfombra y estamparse contra la pared en busca de su lazo-juguete cuando se lo tiraba, sus besos de buenos días para que lo sacara a la calle…
El día que mi perro murió apenas pude dormir. Siempre quise que mi perro muriera dormido, en paz, como queremos que mueran nuestros seres queridos, pero mi perro pasó de correr por el campo a dejar de moverse, a dejar de comer, a chocarse con las paredes de la casa en cuestión de tres días. Sufrió una Insuficiencia Hepática Aguda. El veterinario me dijo que si quería conocer la causa le podían hacer una biopsia. Le contesté que prefería no saber la causa teniendo en cuenta que ya era irreversible, que su sistema nervioso no daba para más ni su hígado tampoco, lo que estaba matando a mi perro ya no frenaba ni tenía marcha atrás. Siempre pensamos que fue un cáncer terminal, tenía toda la sintomatología y sólo dio la cara al final.
La última noche vi claramente que mi perro ya no podía más. Pasé la noche junto a él, manteniéndole tranquilo y dejando que durmiera apaciblemente mientras podía. En una cabezada me di cuenta de que no estaba, asombrosamente había ido a dormir al cuarto de mi hermana, cuando ya ni siquiera sabía por dónde andaba en la casa. Dejé que durmieran juntos y esa misma mañana lo llevé al veterinario.
Pocas personas saben lo dolorosa que fue esa noche. Pensar que sería la última vez que iba a estar con mi perro. Mi amigo y mi vínculo más afectivo de los últimos quince años. Teniendo en cuenta que estaba en una época en la que había sufrido falta de alegría y desilusión recientemente, no sabía cómo encarar el problema, cómo vivir sin él.
A la mañana siguiente mientras iba cogiéndolo en brazos hacia el veterinario supe que sería nuestro último paseo juntos, intenté no pensarlo mucho, incluso no disfrutar de acariciarlo o abrazarlo, era demasiado doloroso pensar que todas esas sensaciones no iban a repetirse. Al llegar al veterinario y dejarlo sobre la mesa, al ver cómo el perro ya ni se sostenía ni respondía me puse a llorar. Espere a que mis padres, que estaban de vacaciones, llegaran a la clínica y salí de allí. No quería ver cómo se apagaba.
Llevaba tiempo pensando en qué haría con mi perro cuando muriera, con sus cosas…pero eso sólo lo sabes cuándo llega el momento. Había pedido a una amiga un lugar en su campo para enterrarlo, pero en ese momento sabía que no tenía fuerzas ni corazón para volver a entrar a buscarlo, no podía verlo sin vida.
Donamos sus cosas a una protectora de animales. No quise quedarme con nada, todo era doloroso. Al volver a casa todo había cambiado. Ya no había muebles o trastos, de repente sólo había huecos: el hueco de sus comederos, el hueco de su camita, el hueco de su lado del sofá…
Hace ya algunos meses de eso y aunque los huecos de la casa empiezan a no verse como tal, el hueco que dejó en mí (ese vacío en el alma), sigue ahí. La alegría, el cariño y la compañía que me daba es algo sin lo que ahora vivo y a veces me pesa. Es algo con lo que simplemente te acostumbras a vivir pero que echo de menos como jamás pensé que echaría de menos nada.
Mi perro fue un perro feliz, rodeado de carantoñas y amor, cuidado hasta el último momento. Cuando pueda volver a aportar todo eso a otros perros los tendré. Tengo claro que las próximas veces los acogeré. La experiencia de adoptar a otros perros que no han tenido la misma suerte que Chico quizás les ayude…quizás me ayude.


En memoria de mi mejor amigo y compañero al que echo de menos con toda mi alma.


jueves, 28 de noviembre de 2013

El secreto está en los detalles

- Una ducha caliente con gel de Azahar (mmmm... me encanta!)
- Que me hagan la comidaaa (ñam, ñam).
- Conducir de día (cantar las canciones de la radio, ver las aves volar (y cazar! O-O), el contraste de colores según pasan las estaciones, la forma de las nubes, un rayo que se cuela entre ellas,la silueta de las montañas, la carretera curva, la carretera taaan recta, una liebre!, bandadas de pájaros volando pegaditos e increíblemente sincronizados...).
- Conducir de noche (cantar las canciones de Grease con baile incluido, una estrella fugaz! o dos! la carretera para mi solaaaaa (gustazooo), escuchar las historias de la gente en "La Noche Encendida", la luna llena iluminando la carretera, el camión que me da el paso...)
- Llegar a casa y que me espere una hamburguesa del Pikando Billete.
- Enseñar.
- Aprender algo nuevo.
- Ayudar.
- Compartir merendola con los compis de trabajo.
- Una conversación telefónica de dos horas con una amiga.
- Meterme en la cama y taparme con el nórdico hasta arriba... muyyyy arriba y acurrucarme.
- Escuchar cómo el agua se mueve dentro de la placa de la calefacción mientras duermo.
- Ver a alguien sonreír.
- Hacer sonreír.
- Que me hagan sonreír!!!
- Que cuenten conmigo...

lunes, 25 de noviembre de 2013

¿Cuánto estás dispuesto a sufrir?

Todo el mundo quiere sentirse bien. Todo el mundo quiere vivir sin preocupaciones, feliz; todos quieren enamorarse, disfrutar del mejor sexo y la mejor pareja; parecer perfecto, ganar mucho dinero, ser muy popular, respetado y admirado; tanto como para que la gente abra paso al verte aparecer.
Todo el mundo quiere eso. Es fácil quererlo.
Si te pregunto "¿qué es lo que buscas en esta vida?" y tú contestas algo así como "quiero ser feliz, tener una familia perfecta y un trabajo que me guste", la respuesta resulta tan general que en realidad no significa nada.
No pasa nada porque todo el mundo quiera lo mismo. Pero yo me pregunto, ¿a qué precio?, ¿por qué estás dispuesto a luchar? Para mí, esa es la clave que determina nuestras vidas.
Todo el mundo quiere tener un trabajo genial y además gozar de independencia económica, pero no todos están dispuestos a sacrificarse 60 horas semanales sufriendo turnos muy duros, papeleos interminables, un corporativismo injusto y esa insoportable reclusión en un cubículo infernal. La gente quiere ser rica sin correr riesgos, aguantando lo justo para poder acumular la riqueza que considere necesaria.
Todo el mundo quiere tener relaciones sexuales espectaculares y una pareja perfecta, pero no todos están dispuestos a hacer frente a la falta de comunicación, a los silencios incómodos, a los sentimientos hirientes y al psicodrama emocional en general que conllevan dichas relaciones. Así que todos nos acomodamos y nos preguntamos "¿y qué?", y así seguimos años y años hasta que la pregunta pasa del "¿y qué?" al "¿por qué?" Ese es el momento en el que un hombre de negocios que vuelve a casa y se encuentra con el cheque de la pensión alimenticia en el correo se pregunta "¿para qué ha servido todo esto?"
Resulta que la felicidad requiere una lucha. El dolor sólo puede evitarse durante un tiempo; luego siempre vuelve.
En el fondo, casi todos los humanos compartimos más o menos los mismos buenos sentimientos. Por tanto, nuestro recorrido vital no se ve determinado por los buenos sentimientos que deseamos, sino por qué malos sentimientos estamos dispuestos a soportar.
Hemos escuchado mil veces que todo lo bueno requiere un esfuerzo, que las cosas buenas que logramos en la vida se definen por el sufrimiento y la lucha que conllevan. Y así sucede.
La gente quiere tener un físico envidiable. Sin embargo, no lo consigues hasta que no te acostumbras a convivir con el dolor y el estrés físico que implica una vida en el gimnasio, hora tras hora; hasta que no te acostumbras a calcular y evaluar todo lo que comes, llegando a basar tu vida en porciones de comida contenidas en un platito de postre.
La gente quiere abrir su propio negocio y llegar a ser económicamente independiente. Pero no podrás convertirte en un emprendedor de éxito a menos que consigas llegar a amar el riesgo, la incertidumbre, los intentos fallidos y los fracasos; a menos que dediques horas y horas de trabajo a algo que no sabes si saldrá adelante o no. Algunas personas son adictas a este tipo de sufrimiento. Son los que logran el éxito.
La gente quiere tener novio o novia. Sin embargo, es imposible que atraigas a gente interesante si no aceptas las turbulencias sentimentales que van ligadas a los rechazos, a la tensión sexual no resuelta y a las noches en vela esperando que esa persona te llame. Es parte del juego amoroso. Si no juegas, no ganas.
Tu éxito lo determina la cantidad de dolor que estés dispuesto a soportar
La semana pasada escribí en un artículo que siempre me ha gustado la idea de ser surfero, pero que nunca he llevado a cabo un esfuerzo constante para lograrlo. Lo cierto es que no disfruto del dolor que me provoca el estar nadando hasta que no siento los brazos, ni de que me entre agua en la nariz continuamente. No está hecho para mí. Los beneficios que me reporta no son comparables con el precio que estoy dispuesto a pagar por ello. Y no pasa nada.
Por el contrario, a lo que sí estoy dispuesto es a vivir colgado de una maleta, a chapurrear en un idioma extranjero durante horas mientras intento comprarme un móvil, a perderme una y otra vez en ciudades que no conozco. Este es el tipo de estrés del que disfruto. Este es el sufrimiento que me apasiona.
Muchos consejos típicos de los libros de autoayuda afirman que "querer es poder". Pero esto sólo es cierto en parte; todo el mundo quiere algo, y no todo el mundo lo tiene. No están siendo sinceros consigo mismos sobre qué quieren a toda costa.
Si quieres obtener beneficios, debes saber que eso también implica costes. Si quieres tener unos abdominales marcados, tendrás que soportar las agujetas, los madrugones y pasar hambre a veces. Si quieres tener un yate, tendrás que aguantar el trabajo duro, los riesgos e incluso pisotear a algunas personas.
Si te das cuenta de que llevas meses y hasta años buscando algo que nunca llega a ocurrir, puede que sólo sea una fantasía, una idealización o una falsa promesa. O puede que no lo quieras de verdad.
Por tanto, mi pregunta es la siguiente: ¿Cuánto estás dispuesto a sufrir? Porque tienes que decidirte por algo. No existe una vida sin sacrificios; no todo es un camino de rosas. Esa es la cuestión. En cambio, el placer no constituye una cuestión en sí, ya que la mayoría ofrecemos la misma respuesta a esa pregunta.
Entonces, ¿cuánto dolor estás dispuesto a soportar? Esta pregunta es la clave que puede cambiar tu vida. Lo que hace que tú seas tú y yo sea yo. Lo que nos define, lo que nos separa y lo que finalmente nos une.
Mark Manson

sábado, 17 de agosto de 2013

Cero


ESCORPIO

Escorpio es un signo que deja perpleja a la gente y por ende el más incomprendido del zodíaco. Usted no puede evitar este problema ya que tiene la tendencia natural a ser un enigma y adoptar el rol de alguien misterioso cuando no está segura de la situación en la que se encuentra y mucho menos de lo que pueda estar pasando tras bambalinas.

A pesar de que le guste disimular con pantallas de humo (y usted sabe que es toda un experta haciendo esto), Escorpio es un signo de Agua, lo que habla de su gran sensibilidad y de sus sentimientos muy profundos. Usted es fácil presa de las corrientes emocionales exteriores e interiores. Se ofende rápidamente, pero también es capaz de una tremenda compasión por los demás.

 Otra cosa común para Escorpio es el sentimiento de sufrir una intensa soledad lo que hace que busquen desesperadamente una relación afectiva.

A Escorpio le han hecho la fama de ser solitaria porque tiene la habilidad de arreglárselas muy bien por sí misma. Pero esto no es más que otra de las tantas pantallas de humo y que no deja ver que, en el fondo de su corazón, usted no es para nada una solitaria sino ¡todo lo contrario!

Usted daría cualquier cosa por concretar una relación profunda, alguien con quien sentir eso de "una unión de almas". La explicación está en que usted es extremadamente discrimininativa a la hora de elegir compañía, por esta cuestión de ser tan sensible. Y por decirlo de una manera más amable, porque en verdad usted es muy desconfiada.

Usted no se ilusiona con nadie y tiene el don sobrenatural de percibir en los demás justamente lo que ellos no quieren que se sepa. Desde la infancia las nativas de este signo han aprendido a ver a través de la hipocresía y la farsa. Pero no siempre puede trasladar estas percepciones al terreno de la palabra. A usted le pasa algo visceral con la gente utilizando su intuición para captar estas sensaciones que por lo común suelen ser muy acertadas.

El problema es que usted "huele azufre en casi todos lados". Usted tiene el innato poder de acceder al secreto mejor guardado de cualquiera, puede captar "la sombra" de las personas. Usted no puede darse el lujo de ser crédulamente romántica porque sabe perfectamente que aún en nuestra más amplia nobleza, somos todos animales y eso no tiene nada de atractivo. No hay por qué sorprenderse, entonces, del cinismo de Escorpio.

Uno de los mayores desafíos que se le plantean a este signo es aprender la tolerancia. En el corazón y en el alma de Escorpio existe una sincera y profunda compasión, que es capaz de comprender el dolor y la soledad, por eso es que hay tantos Escorpianas en profesiones referentes a la asistencia y ayuda a los demás. Sin embargo lo que no puede tolerar es la vagancia y la debilidad. Usted cree profundamente en la teoría que dice que no importa cuán problemático pueda ser algo o alguna situación, cualquiera puede ayudar o hacer algo al respecto. Y por supuesto, usted es el primero en poner en práctica dicho concepto.

Usted tiene mucho problema con delegar el control. Estamos hablando de "auto-control" -ese que hace que Escorpio aún habiendo bebido la tercera botella de vino sigue conservando la sobriedad- y también de ese control que ejerce sobre quienes ama. Algunos Escorpio también tratan de controlar hasta la vida misma.
Si mezclamos toda esa perspicacia y sensibilidad, con el toque feroz de orgullo y determinación para labrarse su propio camino en la vida más una dosis suficiente de desconfianza general....pues no daremos justamente con alguien timorato.

Usted puede conseguir cualquier cosa que se proponga gracias a esa gran fuerza de voluntad, persistencia y suspicacia que tiene. Usted se compromete con total pasión en toda tarea que emprende, eso es: usted pone en esa tarea el alma, la mente, el cuerpo y el corazón con tal de desarrollarla y llevarla a cabo. ¡Esa sí que es "la formula" para lograr el éxito!

 La verdadera clave de su misterio yace en lo profundo de su alma secreta. En su corazón siempre está latiendo la eterna batalla entre la desconfianza y la necesidad de estar con los demás. Usted siempre busca la verdad sobre sí mismo y sobre la vida. Necesita conocer a la gente, por qué actúan y sienten de la manera en que lo hacen. En última instancia usted busca autocomprenderse y poder llegar a una tregua con las "fuerzas guerreras de su naturaleza". Finalmente, su objetivo verdadero es aprender el sentido de la vida misma así como la verdad del alma.

lunes, 4 de febrero de 2013

Por una democracia real

Texto escrito porla escritora Lucía Etxebarría, fácil, rápido y muy claro:

"Sábado por la noche. Me pillé la mano con la puerta de la cocina (soy muy propensaa los accidentes domésticos: soy sagitario y no tengo “conciencia de peri cuerpo”). Me presenté sola en el hospital de Sant Pau porque mi compañero se quedaba a cuidar de mi hija. Me pasaron a la sala de espera. Allí había una niña, venga a... llorar.... Le pregunté su edad. Tenía 18 años, estudiaba en Barcelona, tenía una otitis. Llevaba dos horas allí. Su familia estaba en Girona. Yo sé que las otitis duelen muchísimo, he pasado alguna. Pero creo que también lloraba porque estaba asustada y sola. Me presenté ante la enfermera. Le dije que por favor le dieran un calmante a esa chica. Me dijo que como enfermera ella no podía administrar nada sin autorización del médico. “¿Y dónde está el médico?”. “Ocupado, y aún puede tardar horas”. Y luego me miró: “Tú eres escritora, ¿no? Escríbelo. Cuenta cómo está la situación”. Y eso he decidido hacer.
Vamos a aclarar las cosas. No están haciendo recortes en sanidad porque la cosa esté así de mal, sino porque la sanidad es un gran negocio, y si se privatiza, al estilo de Estados Unidos, muchos se van a hacer multimillonarios.
Se podría recortar de muchas otras partidas.
Los toros se subvencionan: las fiestas taurinas nos cuestan 564 millones al año en subvenciones.
Los clubes de futbol también, de forma indirecta. Deben 750 millones a Hacienda y 11 millones a la Seguridad Social. De hecho, la UE ya ha propuesto investigar al fútbol español por presuntas ayudas del Estado.
Se podría eliminar los sueldos y pensiones vitalicias y prohibir por ley que los ex presidentes cobren de la empresa privada a la vez que disfrutan de su pensión vitalicia: González y Aznar siguen sin renunciar al sueldo de 80.000 € mientras reciben altas retribuciones de Gas Natural y Endesa, por ejemplo.
Se podría prohibir que un político cobre del Estado y de la empresa privada: Acebes cobra del Congreso y de Iberdrola, por ejemplo.
Se podría recortar sueldos de cargos políticos. Si un ciudadano tiene que cotizar 35 años para percibir una jubilación, no veo por qué los diputados lo hacen a los siete, ni por qué no tributan un tercio de su sueldo del IRPF, como hacemos los demás.
Se podría endurecer las penas contra el fraude fiscal. El 72% de este fraude proviene de las grandes empresas que facturan más de 150 millones de euros al año, y de la banca. Ahorraríamos 90.000 millones de euros.
Se podría eliminar las subvenciones a Sindicatos. El ahorro final estaría entre los 6.000 y los 10.000 millones de euros. Esto haría que sus ingresos fueran por las cuotas de sus afiliados, cuanto más derechos consigan más afiliados tendran, su lucha sería mucho más honesta.
Esa niña que lloraba en urgencias podría ser su hija. Peor aún, usted podría padecer leucemia. Y si la padeciera, un seguro privado no le ayudaría, porque los mejores especialistas están en la Seguridad Social. Lo sé porque se trata de una enfermedad que he vivido de cerca.
Usted que me lee: tome conciencia, por favor. El fútbol es un negocio. Los toros, una tortura. Los gastos del Congreso, un lujo innecesario. Las pensiones vitalicias, una enorme falta de ética. La fe es una opción. Pero la salud es un derecho."
Lo mismo podría decirse de la educación. ¿En serio vais a permitirlo? ¿o es que os dan alergia las manifestaciones?
Luchemos por lo nuestro, es nuestro derecho. Por una democracia real.

Un saludo.

miércoles, 9 de enero de 2013

Christian


Today is my future

El 1 de Diciembre de 2012 Mikel Renteria deambula por las calles de Bilbao, guitarra en ristre, amplificador y un cartel, con apariencia de músico callejero. Mikel se dirige a una tradicional y concurrida zona de poteo de Bilbao, se arma con la guitarra y comienza a tocar Today Is My Future. Una de las nuevas canciones compuestas por Mikel y que formarán parte del nuevo trabajo que se editará en Diciembre de 2012. Mikel y su mujer Mentxu fundaron en 2010 un proyecto (Walk On Project, WOP) para la lucha contra las enfermedades neurodegenerativas apoyando la investigación en terapias curativas. Ellos aterrizaron en esta realidad el 13 de Octubre de 2008 cuando diagnosticaron a Jontxu, uno de sus 3 hijos, aparentemente sano a sus 6 años de edad, una enfermedad fatal neurodegenerativa (leucodistrofia).



Flashmob en la oficina del paro


sábado, 5 de enero de 2013

Cuando un maestro o un profesor se implica esto es con lo que se encuentra: todo en contra...


 
 
'Una siesta de doce años'      Carles Capdevila / Periodista.
Educar debe de ser una cosa parecida a espabilar a los niños y frenar a los adolescentes. Justo lo contrario de lo que hacemos: no es extraño ver niños de cuatro años con cochecito y chupete hablando por el móvil, ni tampoco lo es ver algunos de catorce sin hora de volver a casa. Lo hemos llamado sobreprotección, pero es la desprotección más absoluta: el niño llega al insti sin haber ido a comprar una triste barra de pan, justo cuando un amigo ya se ha pasado a la coca. Sorprende que haya tanta literatura médica y psicopedagógica para afrontar el embarazo, el parto y el primer año de vida, y que exista un vacío que llega hasta los libros de socorro para padres de adolescentes, esos que lucen títulos tan sugerentes como Mi hijo me pega o Mi hijo se droga. Los niños de entre dos y doce años no tienen quien les escriba.
Desde que abandonan el pañal (¡ya era hora!) hasta que llegan las compresas (y que duren), desde que los desenganchas del chupete hasta que te hueles que se han enganchado al tabaco, los padres hacemos una cosa fantástica: descansamos. Reponemos fuerzas del estrés de haberlos parido y enseñado a andar y nos desentendemos hasta que toca irlos a buscar de madrugada a la disco. Ahora que al fin volvemos a poder dormir, y hasta que el miedo al accidente de moto nos vuelva a desvelar, hacemos una siesta educativa de diez o doce años.
Alguien se estremecerá pensando que este período es precisamente el momento clave para educarlos. Tranquilo, que por algo los llevamos a la escuela. Y si llegan inmaduros a primero de ESO que nadie sufra, allá los esperan los colegas de bachillerato que nos los sobreespabilarán en un curso y medio, máximo dos. Al modelo de padres que sobreprotege a los pequeños y abandona los adolescentes nadie los podrá acusar de haber fracasado educando a sus hijos. No lo han intentado siquiera. Los maestros hacen algo más que huelga o vacaciones, y la educación es bastante más que un problema. Pido perdón tres veces: por colocar en un título tres palabras tan cursis y pasadas de moda, por haberlo hecho para hablar de los maestros, y, sobre todo sobre todo, porque mi idea es -lo siento mucho- hablar bien de ellos. Sé que mi doble condición de padre y periodista me invita a criticarlos por hacer demasiadas vacaciones (como padre) y me sugiere que hable de temas importantes, como la ley de educación (es lo mínimo que se le pide a un periodista esta semana).
Pero estoy harto de que la palabra más utilizada junto a escuela sea ‘fracaso’ y delante de educación acostumbre a aparecer siempre el concepto ‘problema’, y que ‘maestro’ suela compartir titular con ‘huelga’.
La escuela hace algo más que fracasar, los maestros hacen algo más que hacer huelga (y vacaciones) y la educación es bastante más que un problema. De hecho es la única solución, pero esto nos lo tenemos muy callado, por si acaso. Mi proceso, íntimo y personal, ha sido el siguiente: empecé siendo padre, a partir de mis hijos aprendí a querer el hecho educativo, el trabajo de criarlos, de encarrilarlos, y, mira por donde, ahora aprecio a los maestros, mis cómplices. ¿Cómo no he de querer a una gente que se dedica a educar a mis hijos? Por esto me duele que se hable mal por sistema de mis queridos maestros, que no son todos los que cobran por hacerlo, claro está, sino los que son, los que suman a la profesión las tres palabras del título, los que mientras muchos padres se los imaginan en una playa de Hawái están encerrados en alguna escuela de verano, haciendo formación, buscando herramientas nuevas, métodos más adecuados.
Os deseo que aprovechéis estos días para rearmaros moralmente. Porque hace falta mucha moral para ser maestro. Moral en el sentido de los valores y moral para afrontar el día a día sin sentir el aprecio y la confianza imprescindibles. Ni los de la sociedad en general, ni los de los padres que os transferimos las criaturas pero no la autoridad. ¿Os imagináis un país que dejara su material más sensible, las criaturas, en sus años más importantes, de los cero a los dieciséis, y con la misión más decisiva, formarlos, en manos de unas personas en quienes no confía? Las leyes pasan, y las pizarras dejan de ensuciarnos los dedos de tiza para convertirse en digitales. Pero la fuerza y la influencia de un buen maestro siempre marcará la diferencia: el que es capaz de colgar la mochila de un desaliento justificado junto a las mochilas de los alumnos y, ya liberado de peso, asume de buen humor que no será recordado por lo que le toca enseñar, sino por lo que aprenderán de él.
 
Carles Capdevila / Periodista.