martes, 3 de diciembre de 2013

CHICO

Mi perro era un precioso Cocker dorado con un mechón rubio en la cabeza y el pecho blanco y el más cariñoso perro del mundo. Se llamaba Chico. Nos pareció un nombre tierno que reflejó su espíritu jovial durante toda su vida, ya que nunca dejó de ser cachorro. El día que lo recogí, en cuanto se vio libre por la tienda, no dejó de buscar a los otros perros que gemían encerrados para poder lamerles entre las rejas y darles un poquito de consuelo.
Fueron 15 años de amor incondicional, de arrumacos, besos y caricias mutuas. El perro pasó de tener su sitio en la cocina a andar a sus anchas por la casa, abrir las puertas con el hocico, echarse unas buenas siestecitas en su lado del sofá y dormir espatarrado en mi cama dejándome arrinconada contra la pared. Por no hablar de su mirada inocente cuando llegaba nuestra hora de la comida apoyado sobre mi pierna baboseando como un descosido, como si no hubiera comido en dos meses…y es que más de una vez dejamos los chorizos y bizcochos cerca del filo de la mesa y desaparecieron a la par que su barriga, de repente, abultaba más que todo su cuerpo.
Son muchos los recuerdos que tengo de él: cómo se acercaba a lamerme continuamente, cómo se acercaba al cuarto si veía que llevaba un tiempo sin verme, cómo se alegraba de una forma exagerada cuando volvía a casa los fines de semana, cómo veía movimiento de maletas y se pegaba a ellas gimiendo emocionado para hacerse notar y que nos lo lleváramos a la playa, sus enormes agujeros en la arena, sus ansias a la hora de comer, ese afán por las piedras a pesar de romperse los dientes (al final tuve que fabricar una “piedra acolchada” para saciar su ansia y que mantuviera los dientes en su sitio), cómo se aferraba a mí cuando lo subía a la mesa del veterinario con las “zarpas” clavadas en mi espalda, cómo se comía absolutamente todo lo que encontraba (hasta dejó a los reyes magos del portalito sin cabezas y a los camellos sin patas), cómo escapaba de los baños y el secador, cómo se sentía intimidado si lo miraba fijamente, cómo le encantaba lamer las piernas en verano y cuando estaban fresquitas después de la ducha, cómo corría por el campo en primavera saltando entre las flores como un cervatillo y cuando volvía tenía polen hasta en los ojos y alguna que otra margarita entre los rizos de las orejas, cómo se le erizaba el pelo al pasar al lado de ese perro que no le caía demasiado bien, cómo aullaba cual lobo si había una perra en celo, cómo jugábamos al juego de la piedra después del paseo (intentaba colarla en casa sin que me diera cuenta y hasta que no le dejaba fuera no la soltaba), cómo aguantaba pacientemente las dos horas o más que tardábamos en cortarle el pelo, cómo se relamía de gustito cuando se acurrucaba a mi lado en invierno para calentarse, cómo saltaba del sofá corriendo cuando lo pillábamos in fraganti en el que no era el suyo en plan de: “¿qué ¿ ¿cómo? ¿ha pasado algo? yo no he sido”, cómo se dormía en nuestras piernas en los viajes en el coche, cómo esperaba a que cayera algo en un despiste a la hora de preparar la comida, cómo bostezaba dando grititos porque sabía que resultaba tan adorable que era reclamo de besos y achuchones, cómo hacía el paseíllo en el salón buscando mimos y se quedaba más rato esperando a los de su amo (ese era el mayor reto, una sola caricia suya le valía por veinte de las de los demás), cómo al mover la cola con tanta alegría se movía la cola y dos tercios de su cuerpo, cómo se enfadaba cuando le hacía “perrerías”, como se ponía al lado del cuenco de agua a llorar si quería más, cómo me agradecía que le comprara un hueso, (o un juguete, una cama o un collar), cómo se deprimió cuando le raparon al cero (creo que se sentía feo, el pobre), cómo se ofendía conmigo si pasaba mucho tiempo fuera de casa (esquivándome y restringiéndome lametones, como haciéndome pagar el hecho de que no hubiera venido a verle antes), su forma de derrapar en la alfombra y estamparse contra la pared en busca de su lazo-juguete cuando se lo tiraba, sus besos de buenos días para que lo sacara a la calle…
El día que mi perro murió apenas pude dormir. Siempre quise que mi perro muriera dormido, en paz, como queremos que mueran nuestros seres queridos, pero mi perro pasó de correr por el campo a dejar de moverse, a dejar de comer, a chocarse con las paredes de la casa en cuestión de tres días. Sufrió una Insuficiencia Hepática Aguda. El veterinario me dijo que si quería conocer la causa le podían hacer una biopsia. Le contesté que prefería no saber la causa teniendo en cuenta que ya era irreversible, que su sistema nervioso no daba para más ni su hígado tampoco, lo que estaba matando a mi perro ya no frenaba ni tenía marcha atrás. Siempre pensamos que fue un cáncer terminal, tenía toda la sintomatología y sólo dio la cara al final.
La última noche vi claramente que mi perro ya no podía más. Pasé la noche junto a él, manteniéndole tranquilo y dejando que durmiera apaciblemente mientras podía. En una cabezada me di cuenta de que no estaba, asombrosamente había ido a dormir al cuarto de mi hermana, cuando ya ni siquiera sabía por dónde andaba en la casa. Dejé que durmieran juntos y esa misma mañana lo llevé al veterinario.
Pocas personas saben lo dolorosa que fue esa noche. Pensar que sería la última vez que iba a estar con mi perro. Mi amigo y mi vínculo más afectivo de los últimos quince años. Teniendo en cuenta que estaba en una época en la que había sufrido falta de alegría y desilusión recientemente, no sabía cómo encarar el problema, cómo vivir sin él.
A la mañana siguiente mientras iba cogiéndolo en brazos hacia el veterinario supe que sería nuestro último paseo juntos, intenté no pensarlo mucho, incluso no disfrutar de acariciarlo o abrazarlo, era demasiado doloroso pensar que todas esas sensaciones no iban a repetirse. Al llegar al veterinario y dejarlo sobre la mesa, al ver cómo el perro ya ni se sostenía ni respondía me puse a llorar. Espere a que mis padres, que estaban de vacaciones, llegaran a la clínica y salí de allí. No quería ver cómo se apagaba.
Llevaba tiempo pensando en qué haría con mi perro cuando muriera, con sus cosas…pero eso sólo lo sabes cuándo llega el momento. Había pedido a una amiga un lugar en su campo para enterrarlo, pero en ese momento sabía que no tenía fuerzas ni corazón para volver a entrar a buscarlo, no podía verlo sin vida.
Donamos sus cosas a una protectora de animales. No quise quedarme con nada, todo era doloroso. Al volver a casa todo había cambiado. Ya no había muebles o trastos, de repente sólo había huecos: el hueco de sus comederos, el hueco de su camita, el hueco de su lado del sofá…
Hace ya algunos meses de eso y aunque los huecos de la casa empiezan a no verse como tal, el hueco que dejó en mí (ese vacío en el alma), sigue ahí. La alegría, el cariño y la compañía que me daba es algo sin lo que ahora vivo y a veces me pesa. Es algo con lo que simplemente te acostumbras a vivir pero que echo de menos como jamás pensé que echaría de menos nada.
Mi perro fue un perro feliz, rodeado de carantoñas y amor, cuidado hasta el último momento. Cuando pueda volver a aportar todo eso a otros perros los tendré. Tengo claro que las próximas veces los acogeré. La experiencia de adoptar a otros perros que no han tenido la misma suerte que Chico quizás les ayude…quizás me ayude.


En memoria de mi mejor amigo y compañero al que echo de menos con toda mi alma.


jueves, 28 de noviembre de 2013

El secreto está en los detalles

- Una ducha caliente con gel de Azahar (mmmm... me encanta!)
- Que me hagan la comidaaa (ñam, ñam).
- Conducir de día (cantar las canciones de la radio, ver las aves volar (y cazar! O-O), el contraste de colores según pasan las estaciones, la forma de las nubes, un rayo que se cuela entre ellas,la silueta de las montañas, la carretera curva, la carretera taaan recta, una liebre!, bandadas de pájaros volando pegaditos e increíblemente sincronizados...).
- Conducir de noche (cantar las canciones de Grease con baile incluido, una estrella fugaz! o dos! la carretera para mi solaaaaa (gustazooo), escuchar las historias de la gente en "La Noche Encendida", la luna llena iluminando la carretera, el camión que me da el paso...)
- Llegar a casa y que me espere una hamburguesa del Pikando Billete.
- Enseñar.
- Aprender algo nuevo.
- Ayudar.
- Compartir merendola con los compis de trabajo.
- Una conversación telefónica de dos horas con una amiga.
- Meterme en la cama y taparme con el nórdico hasta arriba... muyyyy arriba y acurrucarme.
- Escuchar cómo el agua se mueve dentro de la placa de la calefacción mientras duermo.
- Ver a alguien sonreír.
- Hacer sonreír.
- Que me hagan sonreír!!!
- Que cuenten conmigo...

lunes, 25 de noviembre de 2013

¿Cuánto estás dispuesto a sufrir?

Todo el mundo quiere sentirse bien. Todo el mundo quiere vivir sin preocupaciones, feliz; todos quieren enamorarse, disfrutar del mejor sexo y la mejor pareja; parecer perfecto, ganar mucho dinero, ser muy popular, respetado y admirado; tanto como para que la gente abra paso al verte aparecer.
Todo el mundo quiere eso. Es fácil quererlo.
Si te pregunto "¿qué es lo que buscas en esta vida?" y tú contestas algo así como "quiero ser feliz, tener una familia perfecta y un trabajo que me guste", la respuesta resulta tan general que en realidad no significa nada.
No pasa nada porque todo el mundo quiera lo mismo. Pero yo me pregunto, ¿a qué precio?, ¿por qué estás dispuesto a luchar? Para mí, esa es la clave que determina nuestras vidas.
Todo el mundo quiere tener un trabajo genial y además gozar de independencia económica, pero no todos están dispuestos a sacrificarse 60 horas semanales sufriendo turnos muy duros, papeleos interminables, un corporativismo injusto y esa insoportable reclusión en un cubículo infernal. La gente quiere ser rica sin correr riesgos, aguantando lo justo para poder acumular la riqueza que considere necesaria.
Todo el mundo quiere tener relaciones sexuales espectaculares y una pareja perfecta, pero no todos están dispuestos a hacer frente a la falta de comunicación, a los silencios incómodos, a los sentimientos hirientes y al psicodrama emocional en general que conllevan dichas relaciones. Así que todos nos acomodamos y nos preguntamos "¿y qué?", y así seguimos años y años hasta que la pregunta pasa del "¿y qué?" al "¿por qué?" Ese es el momento en el que un hombre de negocios que vuelve a casa y se encuentra con el cheque de la pensión alimenticia en el correo se pregunta "¿para qué ha servido todo esto?"
Resulta que la felicidad requiere una lucha. El dolor sólo puede evitarse durante un tiempo; luego siempre vuelve.
En el fondo, casi todos los humanos compartimos más o menos los mismos buenos sentimientos. Por tanto, nuestro recorrido vital no se ve determinado por los buenos sentimientos que deseamos, sino por qué malos sentimientos estamos dispuestos a soportar.
Hemos escuchado mil veces que todo lo bueno requiere un esfuerzo, que las cosas buenas que logramos en la vida se definen por el sufrimiento y la lucha que conllevan. Y así sucede.
La gente quiere tener un físico envidiable. Sin embargo, no lo consigues hasta que no te acostumbras a convivir con el dolor y el estrés físico que implica una vida en el gimnasio, hora tras hora; hasta que no te acostumbras a calcular y evaluar todo lo que comes, llegando a basar tu vida en porciones de comida contenidas en un platito de postre.
La gente quiere abrir su propio negocio y llegar a ser económicamente independiente. Pero no podrás convertirte en un emprendedor de éxito a menos que consigas llegar a amar el riesgo, la incertidumbre, los intentos fallidos y los fracasos; a menos que dediques horas y horas de trabajo a algo que no sabes si saldrá adelante o no. Algunas personas son adictas a este tipo de sufrimiento. Son los que logran el éxito.
La gente quiere tener novio o novia. Sin embargo, es imposible que atraigas a gente interesante si no aceptas las turbulencias sentimentales que van ligadas a los rechazos, a la tensión sexual no resuelta y a las noches en vela esperando que esa persona te llame. Es parte del juego amoroso. Si no juegas, no ganas.
Tu éxito lo determina la cantidad de dolor que estés dispuesto a soportar
La semana pasada escribí en un artículo que siempre me ha gustado la idea de ser surfero, pero que nunca he llevado a cabo un esfuerzo constante para lograrlo. Lo cierto es que no disfruto del dolor que me provoca el estar nadando hasta que no siento los brazos, ni de que me entre agua en la nariz continuamente. No está hecho para mí. Los beneficios que me reporta no son comparables con el precio que estoy dispuesto a pagar por ello. Y no pasa nada.
Por el contrario, a lo que sí estoy dispuesto es a vivir colgado de una maleta, a chapurrear en un idioma extranjero durante horas mientras intento comprarme un móvil, a perderme una y otra vez en ciudades que no conozco. Este es el tipo de estrés del que disfruto. Este es el sufrimiento que me apasiona.
Muchos consejos típicos de los libros de autoayuda afirman que "querer es poder". Pero esto sólo es cierto en parte; todo el mundo quiere algo, y no todo el mundo lo tiene. No están siendo sinceros consigo mismos sobre qué quieren a toda costa.
Si quieres obtener beneficios, debes saber que eso también implica costes. Si quieres tener unos abdominales marcados, tendrás que soportar las agujetas, los madrugones y pasar hambre a veces. Si quieres tener un yate, tendrás que aguantar el trabajo duro, los riesgos e incluso pisotear a algunas personas.
Si te das cuenta de que llevas meses y hasta años buscando algo que nunca llega a ocurrir, puede que sólo sea una fantasía, una idealización o una falsa promesa. O puede que no lo quieras de verdad.
Por tanto, mi pregunta es la siguiente: ¿Cuánto estás dispuesto a sufrir? Porque tienes que decidirte por algo. No existe una vida sin sacrificios; no todo es un camino de rosas. Esa es la cuestión. En cambio, el placer no constituye una cuestión en sí, ya que la mayoría ofrecemos la misma respuesta a esa pregunta.
Entonces, ¿cuánto dolor estás dispuesto a soportar? Esta pregunta es la clave que puede cambiar tu vida. Lo que hace que tú seas tú y yo sea yo. Lo que nos define, lo que nos separa y lo que finalmente nos une.
Mark Manson